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POESIA QUE PROMETE XXIII: Queda Prohibido.... de Alfredo Cuervo Barrero
Queda prohibido
Queda prohibido llorar sin aprender,
levantarme un día sin saber que hacer,
tener miedo a mis recuerdos,
sentirme solo alguna vez.
Queda prohibido no sonreír a los problemas,
no luchar por lo que quiero,
abandonarlo todo por tener miedo,
no convertir en realidad mis sueños.
Queda prohibido no demostrarte mi amor,
hacer que pagues mis deudas y mi mal humor,
invertame cosas que nunca ocurrieron,
recordarte solo cuando no te tengo.
Queda prohibido dejar a mis amigos,
no intentar comprender lo que vivimos,
Llamarles solo cuando les necesito,
no ver que también que nosotros somos distintos.
Queda prohibido no ser yo ante la gente,
fingir ante las personas que no me importan,
hacerme el gracioso con tal de que me recuerden,
olvidar a toda la gente que me quiere.
Queda prohibido no hacer las cosas por mi mismo,
no creer en Dios y hacer mi destino,
tener miedo a la vida y a sus castigos,
no vivir cada día como si fuera un ultimo suspiro.
Queda prohibido echarte de menos sin alegrarme,
olvidar tus ojos,tu risa,tus besos,
todo porque nuestros caminos han dejado de abrazarse,
olvidar nuestro pasado y pagarlo con nuestro presente.
Queda prohibido no intentar comprender a las personas,
pensar que sus vidas valen mas que la mía,
no saber que cada uno tiene su camino y su dicha,
pensar que con su falta el mundo se termina.
Queda prohibido no crear mi historia,
dejar de dar las gracias a mi familia por mi vida,
no tener un momento para la gente que me necesita,
y no comprender que lo la vida nos da,
también nos lo quita.
Alfredo Cuervo Barrero. ( algunos lo atribuyen a Neruda)
Machacando las Almendras
Los otros Santos Inocentes de Miguel Delibes.
Son muchos, los que con motivo de la muerte de D. Miguel Delibes ( con toda la razón), han traído a colación su obra de los Santos Inocentes. Pero por un lado se quedan en la denuncia de un caciquismo arcaico, y afortunadamente casi desaparecido, y no entran en el análisis de las nuevas formas de caciquismo, mas sutil, sofisticado, menos perceptible, y que por ese motivo desarticula, cualquier posible reacción social hacia el, pero que en definitiva, sigue manifestando la misma esencia, el sometimiento de las conciencias y las voluntades, asentada en el miedo de la persona a perder la seguridad de tener cubierta sus necesidades vitales. Y esto incluso llega a hacerse acosta del dinero del estado.
Pero por otro lado, lo que mas he echado de menos, en quienes han sacado a la luz LOS SANTOS INOCENTES, como una de las grandes obras de Miguel Delibes, en defensa de la dignidad de la persona, es el olvido intencionado, (cuando estos días era un tema de actualidad) del posicionamiento de Miguel Delibes respecto del Aborto.
Reproduzco íntegramente el articulo que escribió Miguel Delibes en el Abc por primera vez en 1986 y por última vez en Abc el 20 de diciembre de 2007. Existen algún párrafo con el que discrepo, pero que en términos generales pone de manifiesto ese respecto necesario a la Dignidad Humana.
ABORTO LIBRE Y PROGRESISMO
En estos días en que tan frecuentes son las manifestaciones en favor del aborto libre, me ha llamado la atención un grito que, como una exigencia natural, coreaban las manifestantes: “Nosotras parimos, nosotras decidimos”. En principio, la reclamación parece incontestable y así lo sería si lo parido fuese algo inanimado, algo que el día de mañana no pudiese, a su vez, objetar dicha exigencia, esto es, parte interesada, hoy muda, de tan importante decisión. La defensa de la vida suele basarse en todas partes en razones éticas, generalmente de moral religiosa, y lo que se discute en principio es si el feto es o no es un ser portador de derechos y deberes desde el instante de la concepción. Yo creo que esto puede llevarnos a argumentaciones bizantinas a favor y en contra, pero una cosa está clara: el óvulo fecundado es algo vivo, un proyecto de ser, con un código genético propio que con toda probabilidad llegará a serlo del todo si los que ya disponemos de razón no truncamos artificialmente el proceso de viabilidad. De aquí se deduce que el aborto no es matar (parece muy fuerte eso de calificar al abortista de asesino), sino interrumpir vida; no es lo mismo suprimir a una persona hecha y derecha que impedir que un embrión consume su desarrollo por las razones que sea. Lo importante, en este dilema, es que el feto aún carece de voz, pero, como proyecto de persona que es, parece natural que alguien tome su defensa, puesto que es la parte débil del litigio.
La socióloga americana Priscilla Conn, en un interesante ensayo, considera el aborto como un conflicto entre dos valores: santidad y libertad, pero tal vez no sea éste el punto de partida adecuado para plantear el problema. El término santidad parece incluir un componente religioso en la cuestión, pero desde el momento en que no se legisla únicamente para creyentes, convendría buscar otros argumentos ajenos a la noción de pecado. En lo concerniente a la libertad habrá que preguntarse en qué momento hay que reconocer al feto tal derecho y resolver entonces en nombre de qué libertad se le puede negar a un embrión la libertad de nacer. Las partidarias del aborto sin limitaciones piden en todo el mundo libertad para su cuerpo. Eso está muy bien y es de razón siempre que en su uso no haya perjuicio de tercero. Esa misma libertad es la que podría exigir el embrión si dispusiera de voz, aunque en un plano más modesto: la libertad de tener un cuerpo para poder disponer mañana de él con la misma libertad que hoy reclaman sus presuntas y reacias madres. Seguramente el derecho a tener un cuerpo debería ser el que encabezara el más elemental código de derechos humanos, en el que también se incluiría el derecho a disponer de él, pero, naturalmente, subordinándole al otro.
Y el caso es que el abortismo ha venido a incluirse entre los postulados de la moderna “progresía”. En nuestro tiempo es casi inconcebible un progresista antiabortista. Para éstos, todo aquel que se opone al aborto libre es un retrógrado, posición que, como suele decirse, deja a mucha gente, socialmente avanzada, con el culo al aire. Antaño, el progresismo respondía a un esquema muy simple: apoyar al débil, pacifismo y no violencia. Años después, el progresista añadió a este credo la defensa de la Naturaleza. Para el progresista, el débil era el obrero frente al patrono, el niño frente al adulto, el negro frente al blanco. Había que tomar partido por ellos. Para el progresista eran recusables la guerra, la energía nuclear, la pena de muerte, cualquier forma de violencia. En consecuencia, había que oponerse a la carrera de armamentos, a la bomba atómica y al patíbulo. El ideario progresista estaba claro y resultaba bastante sugestivo seguirlo. La vida era lo primero, lo que procedía era procurar mejorar su calidad para los desheredados e indefensos. Había, pues, tarea por delante. Pero surgió el problema del aborto, del aborto en cadena, libre, y con él la polémica sobre si el feto era o no persona, y, ante él, el progresismo vaciló. El embrión era vida, sí, pero no persona, mientras que la presunta madre lo era ya y con capacidad de decisión. No se pensó que la vida del feto estaba más desprotegida que la del obrero o la del negro, quizá porque el embrión carecía de voz y voto, y políticamente era irrelevante. Entonces se empezó a ceder en unos principios que parecían inmutables: la protección del débil y la no violencia. Contra el embrión, una vida desamparada e inerme, podía atentarse impunemente. Nada importaba su debilidad si su eliminación se efectuaba mediante una violencia indolora, científica y esterilizada. Los demás fetos callarían, no podían hacer manifestaciones callejeras, no podían protestar, eran aún más débiles que los más débiles cuyos derechos protegía el progresismo; nadie podía recurrir. Y ante un fenómeno semejante, algunos progresistas se dijeron: esto va contra mi ideología. Si el progresismo no es defender la vida, la más pequeña y menesterosa, contra la agresión social, y precisamente en la era de los anticonceptivos, ¿qué pinto yo aquí? Porque para estos progresistas que aún defienden a los indefensos y rechazan cualquier forma de violencia, esto es, siguen acatando los viejos principios, la náusea se produce igualmente ante una explosión atómica, una cámara de gas o un quirófano esterilizado.
Miguel Delibes
Machacando las Almendras
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VIDA
RETROGRADOS
Magnífico artículo de Juan Manuel de Prada en el Semanal 12-VII-2009

La vicepresidenta Fernández de la Vega ha tildado de ‘retrógrados’ a quienes se oponen al aborto; y, acaso sin pretenderlo, ha dado en el clavo. ‘Retrógrado’, liberado de su carga despectiva, significa ‘que retrocede’. Se puede retroceder por cobardía; pero también por cordura, que es la expresión máxima de valentía. Retrógrados fueron, por ejemplo, los patricios que, en la época de máximo esplendor del Imperio Romano, empezaron a manumitir esclavos. La prosperidad de Roma se asentaba sobre la institución de la esclavitud, protegida por leyes que establecían que los esclavos eran individuos que, aun perteneciendo a la especie humana, no eran ‘personas’ en el sentido jurídico de la palabra; esto es, no se les reconocía capacidad para obligarse, y tampoco los derechos inherentes a tal condición. Los esclavos eran ‘bienes’ en propiedad de sus amos,
como pudieran serlo un predio o una vaca; y tal consideración se extendía a sus hijos, pues según el principio admitido por casi todos los pueblos de la Antigüedad, el hijo concebido fuera de justas nupcias seguía la condición que tuviera su madre el día de su nacimiento. Entonces surgieron unos insensatos,
inspirados por las predicaciones de unos zarrapastrosos que se proclamaban discípulos de un oscuro rabí galileo, que empezaron a manumitir esclavos, aduciendo que, más allá de los principios jurídicos establecidos por el derecho de gentes, existía un estado de naturaleza que permitía reconocer en cualquier ser humano una dignidad inalienable, nacida de su filiación divina. Y que tal condición natural era previa a su consideración de ciudadano romano, o a las circunstancias en que hubiese sido concebido. Aquellos insensatos causaron un daño gravísimo a la administración del Imperio; pues, al ‘retroceder’ a ese estado anterior a la vigencia del derecho de gentes, erosionaban los cimientos sobre los que se sustentaban el progreso material y la prosperidad de Roma. Cualquier patricio celoso del cumplimiento de las leyes –cualquier patricio ‘progresista’– podría haberlos tildado de ‘retrógrados’, como ahora hace la vicepresidenta con quienes se oponen al aborto. ‘Progresista’, según los códigos lingüísticos establecidos en nuestra época, es aquel que camina hacia delante, frente al retrógrado que se vuelve atrás. Pero quien camina, inevitablemente, se topa con bifurcaciones y encrucijadas; y, con frecuencia, toma el sendero equivocado. El retrógrado, entonces, decide reconocerlo y desandar el camino; pero nuestra época, engolosinada en su progresismo desnortado, en lugar de reconocer que se ha equivocado de camino, sigue hacia delante. Los promotores de la reforma del aborto aducen que la ley vigente se ha convertido en un ‘coladero’; y para evitar que la gente se siga ‘colando’, establecen un sedicente ‘derecho al aborto’. A esto nuestra muy progresista época lo llama ‘avanzar’; y sólo los retrógrados osan dar un paso atrás. Entre esos retrógrados se contaba, por
ejemplo, el cineasta Pier Paolo Pasolini, a quien no me atreveré a calificar como prototipo de meapilas, que en un memorable artículo publicado en el Corriere della Sera, proclamaba: «Soy contrario a la legalización del aborto porque la considero una legalización del homicidio. Que la vida humana sea sagrada es obvio: es un principio anterior y más fuerte que cualquier principio de la democracia». A conclusiones semejantes llegaba el filósofo del Derecho Norberto Bobbio, cuya adscripción ideológica al socialismo era notoria: «Hay tres derechos en liza. El primero, el del concebido, es fundamental. Los otros dos, el de la mujer y el de la sociedad, son derivados. Además, y esto es el punto central, el derecho de la mujer y el de la sociedad, que son de ordinario esgrimidos para justificar el aborto, pueden ser satisfechos sin recurrir al aborto, es decir, evitando la concepción. Una vez ocurrida la concepción, el derecho del concebido sólo puede ser satisfecho dejándolo nacer. (...) Me sorprende que los laicos dejen a los creyentes el honor de afirmar que no se debe matar».

Pero Pasolini y Bobbio eran, sin duda, unos retrógrados de tomo y lomo, según los códigos lingüísticos empleados por la vicepresidenta Fernández de la Vega. A ellos, como a aquellos patricios insensatos que un día empezaron a manumitir esclavos, les corresponde el honor de retroceder hacia la cordura, que es la máxima expresión de valentía, en una época que avanza, engolosinada en su progresismo desnortado, hacia la locura. Pues locos son quienes, no contentos con extraviar el camino, deciden extraviar también el mapa.
"RETROGRADOS"
La vicepresidenta Fernández de la Vega ha tildado de ‘retrógrados’ a quienes se oponen al aborto; y, acaso sin pretenderlo, ha dado en el clavo. ‘Retrógrado’, liberado de su carga despectiva, significa ‘que retrocede’. Se puede retroceder por cobardía; pero también por cordura, que es la expresión máxima de valentía. Retrógrados fueron, por ejemplo, los patricios que, en la época de máximo esplendor del Imperio Romano, empezaron a manumitir esclavos. La prosperidad de Roma se asentaba sobre la institución de la esclavitud, protegida por leyes que establecían que los esclavos eran individuos que, aun perteneciendo a la especie humana, no eran ‘personas’ en el sentido jurídico de la palabra; esto es, no se les reconocía capacidad para obligarse, y tampoco los derechos inherentes a tal condición. Los esclavos eran ‘bienes’ en propiedad de sus amos,
como pudieran serlo un predio o una vaca; y tal consideración se extendía a sus hijos, pues según el principio admitido por casi todos los pueblos de la Antigüedad, el hijo concebido fuera de justas nupcias seguía la condición que tuviera su madre el día de su nacimiento. Entonces surgieron unos insensatos, 
Pero Pasolini y Bobbio eran, sin duda, unos retrógrados de tomo y lomo, según los códigos lingüísticos empleados por la vicepresidenta Fernández de la Vega. A ellos, como a aquellos patricios insensatos que un día empezaron a manumitir esclavos, les corresponde el honor de retroceder hacia la cordura, que es la máxima expresión de valentía, en una época que avanza, engolosinada en su progresismo desnortado, hacia la locura. Pues locos son quienes, no contentos con extraviar el camino, deciden extraviar también el mapa.
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